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15 historias vergonzosas que te harán sentir vergüenza ajena y pensar “¡que me trague la tierra!”

Cada uno de nosotros ha vivido en alguna ocasión una situación que nos ha hecho querer ser invisible o, mejor aún, borrar nuestra memoria. Y es que nuestro cerebro retiene situaciones incómodas, de esas que causan sentimiento de vergüenza, durante años.

Afortunadamente, con el paso del tiempo las personas pueden deshacerse de lo negativo y simplemente reírse de sí mismas.

1.

Crecí en un pequeño pueblo cerca de Moscú. Un buen día fui a la capital solo, sin mis padres. Finalmente, llegó el momento del verdadero propósito de este viaje: ir al McDonald’s. Como todos sabemos, lo más importante en este establecimiento es un baño limpio, luminoso y grande. Así que hice responsablemente todas mis necesidades ahí y, en la salida, vi un folio pegado en la puerta, una lista de nombres con hora y firma. Entonces todavía no sabía que se trataba de los horarios de servicio de limpieza, así que hice lo primero que se me ocurrió: ingresé mi nombre, la hora y lo firmé. Ahora me río cuando imagino las caras de los empleados al ver eso.

2.

La primera vez que tomé el autobús en una ciudad que no conocía mucho, le pedí al conductor que se detuviera en una parada, pero luego me di cuenta de que me equivoqué, y esta no era la parada donde tenía que bajar. Me dio vergüenza admitirlo, así que salí en silencio y caminé durante una hora bajo la lluvia.

3.

Era muy joven y, después del trabajo, traje a una chica a casa. Ya era de noche, y silenciosamente nos metimos en mi habitación (en ese entonces vivía con mi madre). Decidí esconder las botas de la chica: mi madre se iría a trabajar por la mañana y no notaría nada. Las escondí responsablemente, para que nadie las encontrara. Nos levantamos por la mañana, escuché a mi mamá crujir en la cocina. Fui allá y comencé una conversación, bostezando.
— Buenos días, ¿cómo dormiste?
— Muy bien, ¿desayunas?
— No, me voy a dormir un rato más.
— Escucha, ¿has visto mis botas? Aquí hay unas que no sé de quién son, pero las mías no están y no las encuentro por ningún lado.
Le tengo que dar el crédito a mi mamá: con cara de póker, esperó pacientemente la aparición de sus botas, y nunca más habló sobre el tema.

4.

Estaba en primer grado. Nuestra profesora de inglés era muy aficionada a los cortes de pelo bien cortos y, una vez, llegó a la clase con su nuca afeitada. Su apariencia me pareció bastante inusual, y decidí hacerle un cumplido. En voz alta le digo: “Señorita, que bien le queda la parte trasera afeitada”. ¡No el “peinado”, no la “nuca”, sino la “parte trasera”! Lo bueno es que tuve suficiente inteligencia como para señalar con un gesto el peinado y ella, un poco desconcertada, me dijo en voz baja “gracias”.

5.

Me tomó dos años darme cuenta de que los ascensores de mi casa tienen cámaras. Y los conserjes realmente observan todos los videos. ¡Oh, Dios! Durante meses tuvieron que presenciar mis “hermosas” actuaciones, danzas y muecas.

6.

Tengo dos hijos, uno de 19 y otro de 4 años. El mayor estudia en la universidad y vive con su abuela. Ayer, en el trabajo, sentí que me estaba por enfermar. Entonces pensé: me voy a casa y aprovecho para descansar. Así que volví temprano, tomé una pastilla, un té caliente con limón, me envolví en una manta y me dormí en la cama del dormitorio. De repente, “¡Bum!”, algo pesado me cae encima, pego un grito como una loca y escucho un chillido. Me levanto, veo a una joven desnuda que chilla como un cerdo acuchillado y, al lado, mi hijo mayor mirando con los ojos desorbitados. Unos instantes más tarde, él sale disparado de la habitación, la chica, sin dejar de gritar, agarra una manta para cubrirse. Todos muy escandalizados y confundidos. Entonces empecé a reír. Luego, mi hijo me contó que comenzó a salir con la chica y quería aprovechar que yo estaba en el trabajo para traerla al departamento vacío. Cuando entraron al dormitorio, estaba oscuro por las cortinas cerradas y, por lo tanto, en un arrebato de pasión, saltaron sobre la cama, o sea, sobre mí. Pero sobreviví, tranquilicé a los jóvenes y bebimos todos juntos un té con bizcochos.

7.

Estaba haciendo una limpieza general en casa y encontré unas pistolas de juguete. Agarré una y comencé a imitar a Lara Croft, haciendo diferentes poses. Un minuto después, me di vuelta y vi a mi esposo, entendí que él me estaba mirando todo este tiempo, en su rostro estaba la expresión “¿qué demonios?”.

8.

Hace poco, mi madre me envió a la casa de su amiga para buscar una cámara fotográfica. Para no equivocarme de departamento, comencé a subir las escaleras, veo que la puerta que necesito está abierta. Entro y digo en voz alta: “¡Hola! ¡Ya llegué!”. En ese instante, del baño sale un hombre desconocido en calzones y me saluda. Luego miro a mi alrededor, entiendo que me confundí de piso y estoy en el departamento equivocado. A la velocidad de un guepardo, sonrojada por la vergüenza, salgo disparada del lugar pero mi oído aún logra captar la voz del hombre diciéndome: “Bueno, cuando quieras, pasa…”.

9.

En mi juventud, a mediados de los 90, recibí un regalo de mis padres, una videoconsola Dendy. En aquel entonces, me era imposible alejarme de los videojuegos, así que mis padres comenzaron a esconder la batería de la videoconsola para que el niño pudiera estudiar en vez de jugar. Todos los días, al volver a casa después de la escuela, comenzaba la búsqueda de este adaptador. Esto usualmente me tomaba alrededor de 10 a 20 minutos. Después de largos juegos, lo dejaba en el mismo lugar de donde lo había agarrado y, por las noches, cuando mis padres llegaban a casa después del trabajo, les pedía que me lo devolvieran, así podría jugar aunque sea un poco ya que “durante todo el día no hice otra cosa más que hacer las tareas”. Un buen día, al regresar de la escuela, no pude encontrar el adaptador. Lo busqué por más de 2 horas. Decidí que uno de mis padres se lo había llevado a su trabajo. Llamé a mi mamá, me dijo que no sabía nada al respecto. Luego, llamé a mi papá. Hizo la misma pregunta de siempre: si he hecho mis tareas. Pronto empezó a preguntarme más detalladamente al respecto: qué materias hice y qué cuestiones he desarrollado y escrito, etc. En fin, yo mintiéndole descaradamente sin sonrojar. Al final de la conversación, mi papá dice: “El adaptador está en la caja junto a tus cuadernos escolares y libros de texto”. Me quedé mudo. Creo que fue uno de los momentos más vergonzosos de mi vida.

10.

Tenía unos 5 años y mi hermana estudiaba en la universidad. Una vez, su compañera de clase vino a visitarla a casa. La chica era un poco gordita, con una nariz respingada y rasgos redondeados. Las tres nos sentamos y tomamos té. De repente, miro a la invitada y le digo: “¡María, te pareces mucho a un cerdito!”. Ella sonrió incómodamente, disgustada, y seguimos bebiendo el té. ¡Que maldita vergüenza! En ese entonces nunca se me había ocurrido que la comparación con un cerdo puede ser una ofensa para una chica. Luego, mi hermana me lo explicó.

11.

Cuando estaba en el tercer año en el instituto militar, tuve que asistir al acto de juramento de los estudiantes de primer año, tenía que estar parado en una fila junto al resto de mis compañeros, así impedíamos un poco el paso de los curiosos parientes que querían presenciar muy de cerca la ceremonia. Luego, una madre se me acercó y me pidió que hiciera un video de su hijo cuando este hiciera el juramento. Bueno, decidí ayudarle. Llega el turno de su hijo, ella me da la cámara y empiezo a filmar. Me puse más cerca del joven para filmarlo desde un buen ángulo. Ya al final del acto, presioné el botón para cortar el video y, en ese momento, me di cuenta de que, en realidad, acababa de comenzar a grabar. Quedé como un estúpido parado con la cámara frente al chico. Nunca me había sentido tan avergonzado, no sabía qué hacer. Le entregué el dispositivo a la madre y me alejé rápidamente. No quiero ni imaginar su cara cuando se dio cuenta de que no había ninguna grabación… Probablemente ya entendió de qué “prodigioso” lugar se había graduado su nene.

12.

Regresaba a casa en un tren con compartimentos. Para dormir me tocó la parte superior que estaba ubicada a lo largo del pasillo. Durante los 7 días de viaje, tuve que subir a la cama miles de veces. Al regresar a casa, decidimos celebrar el regreso con mis amigos, y esa noche bebí de más. Por la mañana, me encontré torcido en el piso en el pasillo de mi casa. Mis familiares pasaban, me señalaban con el dedo y se reían. No podía entender nada hasta que noté que, en el mismo pasillo, la repisa que era para guardar los sombreros estaba rota (vale la pena señalar que la repisa se ubicaba a unos 2 metros del suelo). Resulta que, cuando regresé a casa, lo único que quería hacer era subir a ese estante. Estaba insistente y terco, pidiéndoles que me ayudaran a subir a todos los que se me acercaban. Y casi lo logro, pero la repisa no. Después de eso nunca más volví a beber tanto.

13.

Cuando estaba en la universidad, a mediados del semestre, ingresé a la clase equivocada sin querer. No reconocí a ninguno de los estudiantes, pero decidí que las personas que conocía llegarían más tarde. Después de unos 5 minutos, me di cuenta de que no era la clase de álgebra, sino de español. Estaba terriblemente avergonzada y, por lo tanto, me quedé sentada hasta el final de la lección, hasta que todos salieron del aula.

14.

Una noche estaba volviendo a mi casa. Era invierno, hacía mucho frío. Decidí cortar el camino pasando por un edificio abandonado. Al rodear el edificio, atrás de él, vi a un hombre sentado al lado de un banco de nieve. Me voy acercando de a poco, trato de ver de quién se trata, parece un hombre. No estoy segura, está oscuro y no puedo verlo con claridad. Pienso que probablemente esté borracho, entonces le digo:
— Señor, no puede sentarse aquí, se va a congelar. Usted necesita ir a casa
El hombre no dice nada. Yo sigo hablándole:
— ¿Cómo se llama? Déjame ayudarle a llegar a casa.
El hombre sigue en silencio y trata de girar la cara para que yo no lo vea. Me acerqué más. Quise ver su cara para ver quién era y si lo conocía, pero él movía su gorro para que yo no lo viera. Quería quitarle el gorro, pero él lo sostuvo. Entonces le digo:
— Al menos dígame su apellido, llamaré a sus familiares, ellos vendrán a buscarlo.
Luego, él, como si “volviera a la vida”, me dice con una voz completamente sobria:
— Señora, por favor, ¡déjeme en paz! Estoy haciendo caca.

15.

Vivo en Corea del Sur. Me alojé por unos días en un motel. En ese momento, me había salido un molesto forúnculo en la pierna. Yo, como un hombre de la vieja escuela, confío en los remedios antiguos, así que traté la herida con una pomada de Vishnevsky que siempre llevo conmigo, me vendé la pierna y me quedé dormido. Por la mañana, descubrí que el vendaje se me había salido y la sabana, blanca como la nieve, se manchó con el ungüento de color verde oscuro y marrón. No era tan grave, decidí cambiar las sábanas por la noche. Al regresar, me di cuenta de que las sábanas ya habían sido cambiadas. Y además, debajo de la sábana, en el área del trasero, colocaron un mantel de nailon… Lo único que faltaba era que dejaran unos pañales sobre la mesita de noche. ¡Sentí tanta vergüenza!

¿Alguna vez has pasado una situación tan vergonzosa que, incluso después de muchos años, te sofocas al recordarla?

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